Casi lleno en tarde nublada y fresquita por momentos
Cinco toros de Albarreal (4º al correrse turno) y un sobrero (6º) de Concha y Sierra, desiguales de presentación con alguno muy justito de cara, aunque no comparable al bochorno del día anterior. Lamentables de juego por su falta de raza, casta, bravura y, sobre todo, fuerza. Sólo el quinto derrochó nobleza en alguna fase de la faena. Todos fueron pitados en el arrastre
El Cid, ovación con saludos, silencio y ovación con saludos tras aviso.
Alejandro Talavante, silencio, silencio y silencio tras aviso
Incidencias: Cuando comenzaron a salir las mulillas para arrastrar al sexto, el ruedo se cubrió de almohadillas de un público que, por suerte, ya no aguanta más tomaduras de pelo.
Ahora sí que ya no hay remedio. Escribo estas líneas desde un país perdido del mundo. Sí, el destierro se ha consumado. Lo de ayer fue insulso, tedioso, infumables, plomizo, soporífero, cansino, insufrible y así podemos llegar hasta llenar el post, e incluso, el blog. La ganadería de Albarreal debutaba en Burgos, y sólo una palabra define perfectamente semejante debut: petardo. Y de los gordos. De esos que echan a la gente de las plazas. De los que hacen más daño a la Fiesta que varias manifestaciones de antitaurinos.
Y encima una corrida con mala leche, con mala baba, mala gente. Gracias al festejo de ayer, los aficionados a los toros estamos marcados con una cruz por amigos y familiares. Cuándo salieron las entradas a la venta, la gente siempre pregunta para saber qué día deberán ir a los toros. Y claro, la mayoría recomendamos el día de ayer, al considerarlo el más rematado del ciclo. Así que imaginaros: ayer los aficionados salíamos de la plaza sin mirar alrededor y evitando a los conocidos, que con toda la razón, se acordaron de nosotros y nuestros familiares.
En cuánto a los toreros… Pues poco qué decir porque tampoco tuvieron un día especialmente brillante, sobre todo Talavante. Dos años lleva el extremeño viniendo a Burgos como quién va a la peluquería: por obligación y sin pena ni gloria. Y El Cid lo intentó, pero hasta el punto de aburrir. Protagonizó los mejores momentos de la tarde ante el quinto pero por muy elegante y poderoso que sea el sevillano, si no hay toro, es complicado brillar.
No sé si desde este destierro forzado me dará por volver a ver la de Bañuelos, aunque supongo que acabaré picando. Primero porque ayer me reconcilié por momentos con mi plaza que acabó explotando ante tanta tomadura de pelo. Y segundo, porque los toros del frío siempre nos dan alegrías en la capital… Habrá que ver.








